viernes 18 de diciembre de 2009

El hombre que me lo devolvió todo


Hola:

fue por allá el 2001 cuando me fui a vivir un año a Madrid por trabajo y por asuntos emocionales que no vienen al caso. Un año de madurar y de apartar cosas y casos. La prisa y la desesperación, son malas consejeras y puede quitar de tu lado algo muy importante. En mi caso, los cómics. Una amputación de mi persona a la cual no le he dado importancia hasta que ha pasado el tiempo. Pero ese año en Madrid fue muy complicado y no me di cuenta de lo importante que eran para mí.

Con los comics, perdí el apetito por dibujar, y con dibujar, el interés por los cómics. Hasta que un día, años más tarde, volví a meterme en una tienda de cómics. Iba perdido, no sabía de nada, ni de nombres, ni de autores, ni de títulos. Nada. Cero interés de nuevo combinado con un corazón compungido por el desconocimiento. ¿Me había llegado a eso tan terrible que está mal dicho que responde al concepto de "madurez"? Horror. Ni siquiera los cómics de superhéroes me gustaban...

Pasó otro abismo de desinterés, pero contraataqué durante un Saló del Còmic de Barcelona sólo por pasar el rato paseando con una amiga (una de esa que nunca pierde la fe en que vuelvas a cargar los lápices). Ese año exponía un multipremiado y para mí desconocido DAVID RUBÍN en un montaje increíble en el que se podían ver muestras originales de su singular obra. Era totalmente diferente, saltándose ciertos dogmas estéticos, con un dominio excelente de la mancha de tinta y el pincel agresivo... no era fácil de encajar. Me gustaba lo agresiva que me resultaba su propuesta artística.

Descubrí cual era su obra, y me hice con "LA TETERÍA DEL OSO MALAYO" en un stand de una editorial joven y con cosas maravillosas que respondía al nombre de Astiberri. Un flechazo.

Leí la preciosa, delicada y mimadísima edición de la obra de este psico-poeta llamado Rubín, un compendio de cuentos e historias personales de los clientes habituales de una tetería regentada por un oso. Fue muy fuerte lo que se movió por dentro de mis entrañas. Fue grande. No eran sus dibujos ni lo que me estaba contando. Era que me resultaba muy próximo, tremendamente cercano. Doloroso cuando debía serlo, y emotivo en todo momento. Yo quería volver a sentir eso y a transmitirlo. Por primera vez, gracias a lo adquirido en ese paseo improvisado con mi amiga en el Saló del Còmic a la salida de mi trabajo, tuve ganas de volver a dibujar. De adquirir esos hábitos. De volver a entrar en una tienda de material de dibujo. De comprarme un moleskine o un bloc donde abocetar. De empezar a dar forma a mis ideas.

Tal y como le dije ese día a David Rubín en persona mientras le miraba a los ojos y le agarraba del hombro, GRACIAS.




2 comentarios:

  1. Muchas gracias, es una alegría para mí haber contribuido a que volvieras a recuperar la ilusión por el dibujo.

    Un abrazo y felices fiestas!

    d.

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